ESPASMO DEL SOLLOZO, ¿QUÉ ES?

Un día cualquiera en el parque. Tu hijo juega animadamente con otros niños, suben y bajan de los columpios, se divierten con la arena, corren unos detrás de otros…. y de pronto tu hijo tropieza y cae. Es una caída sin importancia pero el pequeño se asusta y llora fuertemente. Su papá acude a consolarlo, lo levanta del suelo y lo coge en brazos. De pronto el cuerpo del niño se balancea, desvanecido, se ha desmayado y ha perdido la conciencia.

El susto y la angustia que viven los padres es tremendo pero, a pesar de la aparatosidad del momento, tenemos que deciros que es algo muy común en niños y que, generalmente,  no tiene ninguna relevancia ni consecuencia para su salud. Es lo que popularmente se denomina “que el niño se ha privado” o en el argot médico lo que se conoce como “ espasmo del sollozo”.

¿En qué consiste el espasmo del sollozo?

Suelen aparecer en niños entre los 6  y 12 meses de vida. En la gran mayoría de los casos desaparecen sobre los 6 años. La mayor cantidad de espasmos los presentan los niños entre un año y dos años de edad.

Estos episodios se suelen desencadenar ante un hecho inesperado, un susto, una caída, una regañina, una rabieta incontrolada que hacen que el niño o bebé llore tanto que se queda sin respiración durante unos segundos y puede perder momentáneamente la conciencia.

Al cabo de unos segundos, el niño vuelve a respirar normalmente y recupera la conciencia. Tras unos momentos de confusión o somnolencia, el niño vuelve a su actividad como si nada hubiese pasado.

Si está bien diagnosticado y no se trata de ningún suceso epiléptico, no produce ningún daño en el niño ni inmediato ni futuro, aunque se presente de forma repetida. Si bien por sus características preocupa a los padres, la vida del niño no corre ningún peligro. Con el crecimiento tiende a desaparecer de forma espontánea y no deja secuelas neurológicas.

Cómo actuar

Una vez que tenemos identificado que se trata de un espasmo del sollozo y no de otro problema más grave, lo más recomendable es actuar con calma y tranquilidad. Ya sabes que al bebé no le pasará nada malo así que lo mejor es que no perciba nuestra preocupación.

  • Tumbar al niño boca arriba para que la sangre irrigue el cerebro.
  • Evitar sobreproteger al niño e incluso restar importancia al suceso para que el niño no lo utilice para conseguir aquello que quiere o para captar nuestra atención.
  • No le regañes, zarandees, grites ni lo pongas boca abajo ya que puedes hacerle daño y si se asusta es posible que sufra otro episodio.
  • En principio, tienen carácter involuntario pero hay niños que llegan a aprender a utilizarlos para que, ante la preocupación de los padres, conseguir lo que desean. Es importante restar importancia a estos episodios ante el niño y tratar de distraerle con otra cosa.
  • No hay que tratar de detener el espasmo mediante maniobras de reanimación salvo si hay algún objeto o alimento que obstruya la vía oral y pueda complicar el proceso.
  • No golpear al niño o zarandearle para tratar de reanimarle.
  • Siempre es importante consultarlo con el pediatra para que nos pueda ofrecer un diagnóstico preciso y un seguimiento en caso de que sea necesario.
  • No confundirlo con enfermedades epilépticas y evitar la administración de medicamentos antiepilépticos.

Cuando acudir al médico

  • Cuando los espasmos se produzcan sin un hecho desencadenante.
  • Cuando se presenten convulsiones.
  • Cuando el espasmo del sollozo aparezca antes de los 5 meses de edad.
  • Si se presentan estos episodios mientras duerme.
  • Si no recobra la conciencia después de 30 segundos.
  • Siempre es caso de duda es mejor consultar con el especialista.

 

Ahora que ya sabes de qué se trata el espasmo del sollozo y que, generalmente, no suele tener ninguna consecuencia para el bebé estarás en disposición de hacerle frente con mayor seguridad y manteniendo la calma.

No obstante y aunque no reviste gravedad es un hecho que genera mucha angustia para los padres y el temor de que le pueda volver a suceder a su bebé. Deseamos que no os ocurra pero si lo presenciáis ya conocéis las pautas básicas para actuar. Y en todo caso, consultar y comentar con el pediatra para contar con un diagnóstico seguro y descartar otras formas más severas.

 

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